lunes, 24 de abril de 2017

Nunca digas nunca

Desconozco cuándo empezó todo y por qué; sólo sé que un día iba andando por la calle y sentí una figura detrás de mí. No tuve que girar la cabeza para comprobar que me seguía, simplemente notaba que una presencia extraña se había adueñado de mi sombra y que no iba a ser fácil deshacerse de ella.
         En realidad, intuía de quién se trataba. Desde hacía cierto tiempo algunas personas de mi entorno me habían animado a conocerlo, a acercarme a él y dejarme llevar por sus palabras. Alegaban que era interesante y profundo, pero a mí sólo me parecía clásico y aburrido; un verdadero tostón que no estaba dispuesta a soportar por nada del mundo. Incluso una vez tropecé con él en la biblioteca y me escabullí con disimulo haciéndome la distraída hojeando otro libro para no tener que enfrentarlo.
            Quizá piensen que soy una paranoica que me asusto por cualquier cosa. En mi defensa he de alegar que en ese primer momento no temblé ni intenté huir, a pesar de lo curioso del asunto. Me hice la fuerte con la débil esperanza de que se cansara de ir tras mis pasos. Pero no fue así, resultó ser más persistente de lo que había pensado porque él me había elegido a mí.
            A partir de ese instante no hubo día en que no me acompañara allá donde fuera, como si se hubiese cosido a las plantas de mis pies. Incluso entraba en casa conmigo y me seguía hasta el aseo —algo comprometedor, desde luego, por lo que le daba con la puerta en las narices— y me observaba dormir desde el umbral de mi habitación.
            Con el tiempo lo fui conociendo mejor, le tomé confianza y le hice algunas concesiones. Ya no tenía que seguirme a distancia, íbamos el uno junto al otro; le permití que accediera al baño, siempre y cuando no traspasara la cortina de la ducha, e incluso consentí que se tumbara sobre mi alfombra, al lado de la cama. Esta última acción marcó un antes y un después en nuestra relación.
            Una noche en que la curiosidad y el insomnio habían desplazado al sueño, alargué mi mano lentamente hacia el suelo y lo toqué por primera vez. Su tacto resultó tan suave y agradable a las yemas de mis dedos, que éstas se animaron a profundizar en el toqueteo y meter mano descaradamente en su interior. Y no opuso resistencia alguna; muy al contrario, se dejó hacer y se abrió a mí para mostrarme todas las maravillas que poseía y que hasta entonces había guardado pacientemente en su interior. ¡Qué éxtasis tan hermoso! Entendí entonces los arrebatos místicos de Santa Teresa y de los poetas sufíes. Aquello era la gloria.
            Tras ese primer momento de intimidad, nuestras vidas han cambiado. Ahora soy yo quien no se separa de él, lo llevo conmigo a todas partes y no paro de sobarlo y manosearlo. Tiene tanto que contarme que buscamos cualquier instante para alejarnos del mundo y estar solos. Y por las noches, compartimos cama hasta que el cansancio nos vence.
            A medida que nuestra relación avanza, me inunda el miedo de que todo termine. No quiero que acabe lo que siento con él porque cada vez es más intenso y apasionado. ¡Qué le voy a hacer si me he enamorado profundamente! Estoy tan enganchada, que creo que, cuando llegue al final del libro, volveré a la primera página para empezar de nuevo a vivir las aventuras de Don Quijote de la Mancha.

© Erminda Pérez Gil, 2017.
#historiasdelibros

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